Imaginemos que estamos en el año de 1614. Acaba de salir publicado en Tarragona un libro titulado "Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que contiene su tercera salida y es la quinta parte de sus aventuras", escrito por un tal Alfonso Fernández de Avellaneda, nombre a todas luces falso que debió ocultar a un declarado enemigo de Cervantes, porque en el prólogo lo pone tibio. Se sospecha de Lope de Vega, de Tirso de Molina, de Quevedo y de Ruiz de Alarcón, entre otros... Este punto aún no ha sido aclarado y es probable que las pesquisas nunca den con la mano ejecutora. Personalmente, dudo de la autoría de Lope y Quevedo (aunque no de sus ganas de poner a parir a Cervantes) por la mediocridad de tal obra.

Año de 1615. Cervantes, ante la aparición del apócrifo y con el fin de contrarrestar sus efectos, escribe precipitadamente la segunda parte de su Quijote.

Leemos en el Prólogo al Lector de esta segunda parte "oficial": ¡Válame Dios, y con cuánta gana debes estar esperando ahora, lector ilustre o quier plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él venganzas, riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote, digo, de aquel que dicen que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona! Pues en verdad que no te he de dar ese contento; que puesto que los agravios despiertan la cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción esa regla (...)

Esta es una de las cuestiones más vibrantes y sensacionales que ha vivido la historia de la literatura. Cervantes no puede soportar que un mindundi como Avellaneda se apodere de su genial personaje (recordemos que en vida de don Miguel, el Quijote llega a las 16 ediciones y se traduce al francés y al inglés) y, en un alarde de maestría, de rapidez de reflejos y de cojones, se planta con su segunda parte en menos que canta un gallo.

La guerra literaria estaba servida en un momento histórico en el que el que más y el que menos se dedicaba a poner a parir a todo el que escribía cara al público ("Ningún poeta hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a don Quijote", dijo Lope).

En este caso es la realidad la que hace que el rumbo de la ficción cambie completamente. ¿Qué hubiera sido del Quijote si no llega a aparecer de sopetón el apócrifo? Quizás a Cervantes se le habría ido el santo al cielo y, liado como estaba de cárcel en cárcel por un quítame allá esos fondos del gobierno, se le habría pasado el tiempo sin dar a imprenta ni una sola palabra nueva sobre el de la Mancha...

Así que a Avellaneda le salió malamente la jugada y a Cervantes le vino perfectamente bien la polémica creada con el apócrifo, pienso ahora... y se me ocurre, se me ocurre... una enorme operación de marketing en la que Cervantes contratara a un "negro" diciéndole algo así como: Mire, vuesa merced, vos sabéis cómo está hoy día el mercado literario... os propongo un trato: vos escribís un librillo poniéndome verde y me encerráis al pobre don Quijote en un loquero de Toledo y yo, como buen soldado de las letras, me indigno, se me torna la color y doy el campanazo con mi segunda parte, ¿lo captáis? Os doy el 10%.

No es tan descabellado, ¿no?

Estoy fatal de lo mío.