La Coctelera

STULTIFERA NAVIS

Con cien girasoles por banda...

23 Junio 2007

Humilde intertextualidad

“Esta ciudad – pensé – es tan horrible que su mera existencia y perduración, aunque en el centro de un desierto secreto, contamina el pasado y el porvenir y de algún modo compromete a los astros. Mientras perdure, nadie en el mundo podrá ser valeroso o feliz”.

(J.L.Borges, El Inmortal)

Una ciudad vacía se erige en pleno desierto, rodeada de una extensión estéril, más allá de lo que acaso puedan imaginar los sueños en nuestros sueños.

Si el vacío es ausencia, ¿qué temor puede proporcionarnos un “no ser”?

Tal vez esta ciudad fantasma se vea sitiada por huellas indescifrables ahora, bajo este sol demoledor. Por ecos de pasos, por cabellos que resbalaron y yacen en el suelo, por tremendos suspiros que retumban de noche, por danzarinas musas ataviadas de tul y por el recuerdo lejano de violines y flautas.

A veces aparecen restos de plumas ya inservibles, en algún rincón se percibe el chorreo continuo de los tinteros y, quizás, en la penumbra que a alguna hora se desliza bajo los pórticos, rueden los utensilios ya obsoletos.
Se intuyen las noches en vela, los últimos cigarrillos del insomnio, la incertidumbre que provocan los papiros en blanco, ese abismo de nácar. Mil palimpsestos rodando escaleras abajo, o escaleras arriba.

“Esta ciudad – me dije – no es más que lo que nos debe el cielo. La fosa común para el desacato. El paraíso perdido de los irreverentes. El silencio a gritos de los que no cesan de vivir para alcanzar la mortalidad”.

No fue el trago de agua putrefacta lo que me hizo vivir más de lo previsible, acaso me hubiera matado antes de tiempo de no ser por el reconocimiento de estos muros como mi patria. No fue el manantial de la vida eterna lo que me proporcionó esta carga, sino la visión enajenada de las marmóreas tumbas.

Qué horror esta certidumbre de encontrarme en casa, qué horror reconocerme en cada uno de los huecos que pueblan este maldito lugar. Saberme errante y seguro, estar en el hogar y sentir a flor de piel que todo me repele y que todo vendrá y que todo fue y que todo sigue siendo “siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y en el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí...”.

Este enorme texto de columnas salomónicas e hipogeos, esta tremenda escalinata de vocablos que se deshacen, los pasamanos por donde ruedan las aliteraciones que son abejas o pájaros, azules o dormidos, en mis manos los instrumentos para crear mundos. ¿No es eso, no es la ciencia y la imaginación lo que diferencia al hombre de la bestia?, y si yo renuncio a aquello, y si el ser que aguarda a la entrada de este jardín absurdo soy yo, o fui yo o es la Quimera que me espera, y yo soy Belerofonte.

Sólo de esto estoy seguro, si algo me ha de deparar el destino, si los dioses han decidido ya el transcurso de mi vida, no puede ser otra cosa que el recuerdo permanente de estos pilares en mi memoria, de las líneas por escribir que se remontan sobre aquéllas ya escritas. Si algo he de ser por el resto de mi vida es el texto eterno, la lectura inmortal.

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Sobre mí

En la nave los locos sonríen porque hay gaviotas que vuelan, peces que nadan y una brújula rota que anda perdida en algún bolsillo descosido o inexistente (no lo hemos investigado). Nos orientamos más o menos bien, según el día. A veces llueve. Si según Plinio el Viejo navegar es necesario: conjura el hechizo, iza vela, arrumba lejos y si el viento arrecia riza el rizo. (Cecilio Pineda, Sail Away)

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