Es tarde, madrugada, noche fría y dolorosa que cae como espinas de corona sobre las aceras frías.
Tardan en llegar los ruidos nocturnos y parece que el cielo se va a precipitar sobre la tierra al primer descuido de Atlas.
Los faroles ya no están encendidos, llevan demasiado tiempo proyectando sombras chinas sobre los muros, daguerrotipos que se desgajan de repente y vuelven a surgir como espectros viejos.
Procedentes de la calle más estrecha se intuyen olores profundos de pintura vieja y maderas podridas, chasquidos oscuros, nudos pertinaces, carcoma a flor de tronco, virutas, clavos, polvo de la carne más trémula, quemada ya, dormida en las profundidades de un trastero dominado por el destierro.
Los baldosines hacen resbalar la humedad, que dibuja riachuelos en los bordillos y cae cascadamente para hundirse en sumideros poblados de moho e insectos sin ojos, peces de las profundidades marinas que se guían a través del calor de los cuerpos de otros peces igualmente ciegos, igualmente blancos, igualmente estúpidos.
No son arenas abisales las que se meten en los zapatos a estas horas en este rincón de la ciudad, sino la incomodidad, el hastío, las ganas de perder la vida aquí mismo, entre estos cartones.
Me digo, no despiertes hasta el abandono total de la calma, hasta la venida de flores nuevas en los jazmineros secos del jardín de enfrente.
El jardín de enfrente es la radiografía de una naturaleza muerta.
Imagino los jazmines florecidos, abiertos como sexo encendido, blancos, blanquísimos, virginales, obscenos. Propagarán aromas líquidos como pañuelo o seda, se dejarán llevar por el viento, besarán de nuevo las alturas, dominarán el espacio desde el vértigo del día. Entonces la ciudad bostezará gigante. Entonces los insectos buscarán refugio para no morir de luz.
Esta mañana, después del paseo de rigor a Don Golfo Navarro, he descubierto en el buzón un aviso de Correos (¿qué era Correos... qué es una carta?).
Sabedora de lo que me esperaba al otro lado de la ventanilla 23 (1er piso) he salido a todo correr. He fintado a dos vecinos, me he saltado tres semáforos y he subido los escalones de Correos de cuatro en cuatro.
En la cola: una muchacha que parecía ser jugadora de baloncesto, de cuerpo hombruno pero rostro angelical, un señor con pinta de burgués decimonónico y una señora sesentona que ha recogido entre risitas su pedido de Venca.
Me toca: "¡DNI!" grita el funcionario. "¿DNI?, diosssssssssss" grito yo.
Vuelvo a correr, bajo los escalones, todos, de un brinco, me salto otros tres semáforos en rojo, vuelvo a fintar a los mismos vecinos parados en la misma esquina hablando de la misma noticia, subo a mi casa, Don Golfo Navarro me mira como las vacas que ven pasar el tren, engancho el bolso, me lo cuelgo al cuello y vuelvo a bajar corriendo los cuatro pisos (no, no tengo ascensor, pero sí un culo de la hostia). Finto, infrinjo la ley del buen peatón, vuelo hasta la ventanilla 23...
Ya tengo entre mis manos las "Charlas con un vago burlón- Querencias y extravíos" de Javier Krahe, dedicado por él mismo.
Gracias, José Carlos y Rosita, os debo una visita a Plasencia y un masaje en los pies a ambos.
Vídeo: "Esta no es la vida privada de Javier Krahe"
Lascia ch'io pianga la cruda sorte,
E che sospiri la libertà!
E che sospiri, e che sospiri la libertà!
Lascia ch'io pianga la cruda sorte,
E che sospiri la libertà!
Coges y te vas, así, calladito, sin que nadie se entere. Sin que nadie pueda regar flores con sus lágrimas antes del suspiro.
Mira que eres discretamente malvado, como los niños que esconden sus trastadas y luego se ríen a solas.
Déjame que te diga, poeta, que este desplante ha estado bastante feo.
Largo es el arte; la vida en cambio corta
como un cuchillo.
Pero nada ya ahora
-ni siquiera la muerte, por su parte
inmensa-
podrá evitarlo:
exento, libre,
como la niebla que al romper el día
los hondos valles del invierno exhalan,
Nos alcanzará la noche aquí, en medio del páramo, llegará con la tibia agonía de las mariposas a punto de fenecer. Sabremos que nos invade cuando ya no nos veamos los ojos, cuando ya todo sea un hueco, palma de mano o negra herrumbre.
Aquí, en el páramo, llueve la lentitud del tiempo, que desborda con su tic-tac húmedo los pétalos tiernos de los vinagrillos y se derrama, tenaz, intentando alcanzar las corrientes subterráneas, procurando deshacer el terrón oscuro, llegar al nadir.
De estos poemas que acosan y agarran, verdaderos obstáculos para escribir, me gustan el rugido, el grito, el flujo. La afonía de las consonantes pulverizadas y de las vocales disueltas en el aire. Me gustan el cieno, las ramillas. El modo de enredarse las raíces y acaso un vuelo de pétalos por el cielo claro o de tormenta. Me gustan la saliva y el mordisco.
Y cada día que desde tan lejos intento escribir, oigo su voz pero tan íntima, desde tan lejos, que su murmullo es hormiguero hondo en la garganta. Una voz múltiple, un contracanto roto -como si estuviéramos sobre tierra para soportar su calor y sólo sacar de ella lo más oscuro de la fuerza, lo más sucio de la agonía.
En la nave los locos sonríen porque hay gaviotas que vuelan, peces que nadan y una brújula rota que anda perdida en algún bolsillo descosido o inexistente (no lo hemos investigado). Nos orientamos más o menos bien, según el día. A veces llueve.
Si según Plinio el Viejo
navegar es necesario:
conjura el hechizo,
iza vela, arrumba lejos
y si el viento arrecia
riza el rizo.
(Cecilio Pineda, Sail Away)